Persiguiendo al amor, encontrando al humor


Y luego de toda la tinta que se derramó en este blog sobre el cine independiente norteamericano, vi nuevamente la espectacular Chasing Amy de Kevin Smith. Estrenada hace más de diez años e incluida recientemente en la prestigiosa (y muy hype) Criterion Collection, la cinta no deja de envejecer bien ¿Qué tiene este cine simple, bobo y astuto que lo hace pasar de tan buena forma la prueba de los años? Pues una sola y única cosa: eso que llamamos sentido común. Y del bueno.

La cinta cuenta una simple historia de amor. Simple, claro, si no fuera porque uno de los enamorados es gay y el otro heterosexual. Ben Affleck es Holden, un talentoso pero fracasado dibujante de comics que entrando en sus treintas se enamora perdidamente de Alyssa (Joey Lauren Adams), una exitosa y bastante lesbiana diseñadora de historietas. Hasta ahí todo podría andar bien. O mal, según sea el punto de vista. Pero la cuestión comienza a complicarse cuando Holden, desoyendo los consejos de su gran amigo Banky (Jason Lee) decide intentar lo que cualquier mortal medianamente idiotizado por Cupido intentaría en esas circunstancias: cambiar la preferencia sexual de Alyssa confesándole su amor. Con esa simple premisa, Smith, quien no sólo dirige sino que también escribe la cinta, se adentra con gran astucia y sutileza en todo un mundo de problemas que afectan a los (adultos) jóvenes cuando deben enfrentarse al sexo y al amor con cierta madurez: ¿la homosexualidad: natural o cultural? ¿Importa realmente el género a la hora de enamorarnos? ¿Quién diablos puede juzgar a otra persona por sus elecciones en materia sexual? ¿Puede hacerlo quien te ama, o dice hacerlo? ¿Podemos olvidar el pasado de los otros, matar los fantasmas, perdonar, seguir adelante? ¿Hasta dónde, en resumen, podemos cambiarnos o cambiar al resto para poder querer, así, simplemente?

Para explorar todos estos temas, la escritura de Smith – quien ganó el Independent Spirit Award de 1997 por el guión – alterna la seriedad más simple y eficaz con el humor más refinado, evitando siempre cualquier referencia muy complicada, cualquier cita demasiado incomprensible para el público mainstream. A medio camino entre la onda cool de Tarantino, con su eterno revival de lo pop, y la boba comedia gringa permanentemente autorreferencial y grosera, incapaz de salir de su propio campo, Smith monta sus escenarios, dibuja sus situaciones y escribe sus personajes desde la óptica de un sujeto común y corriente, pero informado, de un hijo de vecino sensible, que puede compatibilizar el mas superficial fanatismo por el Sega y el hockey sobre hielo, sin que eso signifique que carece de profundidad, ironía y humor a la hora de reflexionar sobre los problemas que enfrenta en su vida cotidiana. Con gran perspicacia y con tremendo talento a la hora de desarrollar los diálogos, la película logra un cometido notable al balancear estos dos aspectos y al alternar momentos dramáticos con otros humorísticos, al punto que no podemos definir cuando fue que la comedia se tornó drama ni cuando éste volvió a dar paso a las carcajadas.

Y es que alrededor de la trama central, Smith deja florecer aquellos espacios de articulación a partir de escenas memorables tanto por su acidez como por su humor, interpretadas por diversos personajes secundarios (Hooper, Silent Bob, Jay) que sazonan de gran forma al relato central llevando a los protagonistas a la acción. Así, pasamos de una hilarante discusión sobre el racismo implícito en Star Wars – a cargo del notable personaje de Hooper – o los riesgos insoslayables de un buen cunnilingus (hetero y homosexual) en una conversación de Banky con Alyssa, para de pronto sumergirnos en la inevitable miseria de quien siente que su enamorado-a ha sabido experimentar más de la vida antes de conocernos, y no sabemos como saldar esa “deuda”, o que somos incapaces de reconocer cuando sentimos algo más por un amigo, sobre todo cuando es tan hombre o mujer como uno mismo.

El resultado de esa alternancia entre lágrimas de tristeza y de diversión es el que nos hace darnos cuenta que no asistimos más que a una gran comedia romántica, pero a una en la cual, evitando las lecciones, los moralismos y los desenlaces principescos, se logra conmover únicamente gracias a la inteligencia, la sensibilidad y la perspicacia de sujetos simples, comunes y corrientes, ubicados en espacios y situaciones en las que podemos reconocernos fácilmente.




Esta anotación no tiene comentarios.



Deja un comentario

(requerido)

(requerido/no será publicado)