Cuánto cine hay en ‘Temporada de patos’

Hace algunos días me prestaron un pack de películas mexicanas, entre ellas, Temporada de patos (2004), opera prima de Fernando Eimbcke, que me senté a ver ayer por la noche. Qué quieren que les diga: quedé gratamente sorprendido. Definirla como una comedia, como hacen en Imdb.com, puede parecer facilista, simplón, pero lo cierto es que, ante la creatividad y el constante juego visual y narrativo que Eimbcke pone en práctica, no queda más que esbozar una sonrisa.
Ambientada en un bloque de departamentos en el D.F., uno de esos lugares de Latinoamérica en que la modernidad llegó pisando firme y para quedarse (aunque su achacosa y reumática vejez no sea todo lo que se esperaba de ella), Temporada de patos retrata el abúlico día domingo de dos amigos adolescentes que se quedan solos en el departamento de uno de ellos, con el único panorama de pasar la tarde abandonados a los inigualables placeres que sólo puede prodigar una consola de videojuegos y un par de vasos de Coca-Cola llenos hasta el tope.
Encerrados en ese espacio absolutamente finito, limitado y a veces algo asfixiante en que puede convertirse el lugar donde se habita, la cinta nos muestra a estos dos perfectos pendejos de mierda (muchos se acordarán de su propia adolescencia o pensarán en algún indeseable hermano o hermana pequeña): dos adolescentes absolutamente abúlicos, indiferentes, desencantados y entregados al aburrimiento, esa curiosa forma de cansancio que surge de no hacer nada, esa emoción o estado mental gatillado por la ausencia de estímulos. Sin embargo, un par de cortes de luz y la llegada de dos visitantes vendrán a alterar en algo sus (ausentes) planes, cuando, sin ganas, sin maldad ni conciencia, y movidos más que nada por el hastío, quebranten esa sagrada regla que en nuestras sociedades separa el afuera del adentro, la calle de la casa: no hables ni le abras la puerta a extraños.
Los personajes: Flama y Moko, los dos adolescentes, más una (también adolescente) vecina y un repartidor de pizza. La banda sonora: las sirenas de ambulancias y alarmas de automóviles que se escuchan a la distancia, el rumor de aviones que vuelan perezosamente, la gotera de la llave del baño y el zumbido del refrigerador.
En Temporada de patos se agradece sobre todo la enorme cantidad de cine de calidad que la cinta desborda. ¿A qué me refiero con esto? Simplemente a la magnífica forma en que la narración se funde con las imágenes. La acción, lo que ocurre en la cinta, viene dado por la estructura de lo que se quiere contar, pero en ocasiones el decurso de los acontecimientos se descuelga de este riel para obedecer única y exclusivamente al sentido de las imágenes, a aquello que nos muestra el encuadre. Un guión capaz de contener estos desplazamientos es un mérito indiscutible para el cine de Eimbcke. También: el espléndido montaje que, todo lo apegado a lo plausible que se puede estar cuando se hace ficción (por más que sea una ficción que pretende retratar lo cotidiano), se mantiene firme junto a un cómico realismo, ajeno a grandes revelaciones o grandes redenciones tanto para los personajes como para el espectador. En Temporada de patos, los personajes entran y salen perdidos. Y entre esos dos puntos, transcurre el metraje de la cinta.
Hay algo terriblemente inquietante en estos adolescentes que, sin saber nada de lo que ocurre afuera (en el mundo público, en la adultez), presienten o adivinan algo espantoso en el exterior (quizá los pausados planos generales de las monumentales y desoladas edificaciones del D.F. sean una pista a este respecto), y cuando no están decididos a ignorarlo, se aferran con dientes y muelas a las cornisas en las que habitan. En lo que respecta a estos muchachos, no hay nada del latinoamericano espontáneamente sociable, casi enfermo de gregarismo, mil veces dibujado en el cine y la literatura. Y en este sentido, la exploración de Eimbcke resulta absolutamente rescatable. ¿Cómo serán estos muchachos de adultos?
P.D.: si arriendan el DVD, échenle un vistazo al cortometraje, o nanometraje: The look of love. Lo busqué en Internet, infructuosamente. Es una buena síntesis del silencioso humor naranjo de Eimbcke.


No conozco la película pero estaré al tanto de si puedo pillarla, hay que estar abierto a todas las sugerencias.
Saludos…
gran pelicula y excelente critica… en eso de la ausencia “del latinoamericano espontáneamente sociable, casi enfermo de gregarismo, mil veces dibujado en el cine y la literatura” la peli es, como diria mi mama, nietzscheana total. por eso “paranoid park” me recordo un poco a ella pero con accion y con muchas mas pretensiones, no sé… quizas estiré mucho el elastico.
una sola duda: qué es el humor naranjo?
Podría ser una mezcla entre crueldad e ingenuidad. Un humor negro que se pone al rojo vivo y entonces es capaz de ser también luminoso… no sé, algo así.
Ya que la menciona: saludos cordiales para su madre.
Una vez estuve a punto de arrendarla pero me arrepentí porque al leer la carátula me recordó dos otras “películas latinoamericanas no gregarias ni sociables” decepcionantes: 25 watts y Nadar solo, ambas con personajes tímidos que hablan poco porque el director cachó que la lleva en el cine alternativo de otras latitudes, y cuyas historias consisten –forzosamente– en que no pase nada. Fórmula repetida que huele a podrido cuando no se le da alguna otra vuelta: allí los encuadres claro que acompañan la narración, pero parecen casi obligados por el estatuto under del que parte el film. Espero una mejor Temporada tras la crítica.
Me uno al saludo para la madre nicheana (lo dice por su buen nicho, ¿cierto?)
Joaquín, Nadar solo me pareció una buena película, y a propósito de su mención, voy a hacer una pequeña defensa de las películas en las que no pasa nada. Para mí son como disfrutar de la disolución del ego en el paisaje. La ausencia de argumento nos obliga a fijar la atención en algo distinto de las palabras y la racionalización. Similar a la exquisita experiencia de ver una película por segunda vez sin la necesidad de prestar atención al nudo narrativo. O cuando uno ve una película en turco sin subtítulos. Viva la textura del lenguaje, viva la textura de los árboles, vivan las tonalidades, el sonido ambiente. Cómo la música de Brian Eno, lenta, apenas cambiante, una especie de silencio visual, en medio de nuestra contaminada visibilidad. Por cierto entiendo esta especie de moda under de la que hablas, pero me parece que el estilo de estás películas en las que no pasa nada no es tan fútil y pasajero como una moda, por el contrario veo en ellas tanta profundidad y permanencia, como la que hay en un pan con mantequilla.
Estoy plenamente de acuerdo con el comentario principal.
El mío: Es una película que vale por su fotografía (su encuadre) que va dando ese fijismo tan necesario para meditar las películas.
Una ironía increíble al sistema liber-usa-infra-usa mexicano de esos bloques de departamentos que logran contener algo de la identidad en esos chicos.
Los cortes de luz hacen absolutamente verosímil varios cambios de relato fílmico.
Las actuaciones son todas convincentes, uno se olvida que los que actúan son precisamente adolescentes; al reparar en esto, ya nos han vendido su actuación. Ojalá que acá en Chile el compadrazgo deje espacio para que los verdaderos actores adolescentes incusionen en la escena televisiva o fílmica chilena. Estoy de acuerdo, además, que hay un ambiente externo soterrado plagado de peligro, pero, también hay una historia familiar no descubierta del chico dueño de casa y algo develada por los extraños al mirar el álbum familiar… Daría para otra película.
Bien, hasta ahí las notas que puedo recordar.