Hombre muerto

Cuando el otro día la vi de nuevo, me di cuenta que hacía 10 años que había visto Dead Man (Jim Jarmush, 1995). Harto igual, en el sentido de hartas cosas.
La primera vez estaba en la mínima salita del Espaciocal, que acababa de conocer, y estaba sólo tal vez porque era la última función de un lunes (a las cuales, no solía ir porque me dormía irremediablemente). Nada sabía de Jim Jarmush; en realidad fui por Johnny Deep, cuya belleza (no lo digo yo sino la revista People) articulada en sus pasables dotes actorales me cautivaron desde la primera película que le vi (¿A quién ama Gilbert Grape?). Y entonces se abre una primera escena con un tipo de traje a cuadros, sentado en un tren de fines del siglo XIX, rumbo a algún lugar lejos de la metrópolis estadounidense (o sea, en algún lugar del Oeste). Se llama Will Blake, viene de Cleveland, es un tímido contador y se dirige, en un interminable viaje, a Machine (!), donde ha recibido una oferta de trabajo. Sin saber realmente lo que implica esta descentralización, su “alejamiento”, Blake observa pasmado detrás de su impecable maletín, la transformación de la fauna humana que sube y baja del tren: a medida que se acerca a Machine, se van acabando las suavidades de la urbe y se va imponiendo la aspereza de la vida salvaje. La regularidad de los cuadros de su traje es amenazada por los toscos abrigos de piel de oso, y la Ley de su maletín, por el frío Winchester que rige en la frontera.
Pero al bajar del tren, Deep sigue siendo la parodia de Buster Keaton (Benny & Jooon, 1993) y aún es “sólo gracioso” que el trabajo prometido no exista (llegó con un mes de retraso), que el patrón que rudamente se lo comunica sea un tal Dickinson (Robert Mitchum, ícono del western, en su última película antes de morir) y que termine en un bar de cazadores de indios tratando de pensar qué hacer. El desconcierto –y la película– comienza realmente cuando, por un lío de faldas, la misma noche de su llegada a Machine, vemos a Blake escapando del pueblo tras verse envuelto, sin querer, en un crimen: ha matado al hijo de Dickinson y éste lo atrapará vivo o muerto.
Así, definitivamente fuera de cualquier urbanidad, Jarmush logra un climax fílmico durante la hora y media que sigue. Traspasando su humor negro de Brooklyn a las estepas del Oeste, el director crea un relato místico blando, una metafísica de bolsillo, con la que despliega, como en otras de sus películas, su mirada extrañada respecto de lo humano. Blake se topa con Nadie (Gary Farmer), un indio “mezclado” (padre blanco y madre india), criado en Inglaterra y reinsertado por opción en su tierra materna, sin poder acoplarse, por su condición “extraña”, a su tribu. Nadie es quien le confirma a Blake que es un “hombre muerto”; no que porque vaya a morir, sino porque ya está muerto: se llama William Blake (1757-1827) y es el gran poeta-profeta británico, cuyos textos formaron a Nadie en su juventud. Pero Blake no sabe que es William (no le suena el poeta) y está muerto. Ha revivido con Nadie transitoriamente pero éste va a conducirlo a la muerte de donde viene.

Y entonces Dead Man se convierte en armonías visuales, coloreadas por diálogos absurdos que sustraen toda la seriedad al argumento para dejar sólo a la humanidad enteramente extraña. El tiempo que tarda Blake en comprender que es William (y no Will), es el tiempo que tarda en dejar de temer a sus tres perseguidores (el sádico Cole Wilson, de quien “se dice” que violó a sus padres y se los comió, Conway Twill y Johnny “The Kid” Pickett). Es también el tiempo que tarda en dejarse llevar por Nadie y fundirse en los rasgueos de Neil Young, quien pone los puntoycoma a toda la película (perfecta ortografía sonora ya comentada aquí por Miguel).
Para mí que hacía 10 años ya me excitaba con Johnny Deep, Dead Man era, en un aspecto, la historia de cómo Deep dejaba de ser el personaje tan personaje de Tim Burton (y todos los directores que lo utilizan como él) para transformarse en parte del decorado de Jarmush; los instantes de humor de la película iban coincidiendo con la seriedad de Deep; su desperfilamiento en la narración iba levantando la poesía del conjunto; su tragedia inminente permitía toda la alegría del film. Yo sentía todo bien raro en realidad.
Ahora que la vi de nuevo y que no salí choqueado del cine como esa otra vez, sino emocionado, capté otras cosas. Sentí sobre todo una proximidad a la extrañeza del director que antes me era más extraña. Proximidad porque caché que la imágenes de este Far West son muy similares a la Patagonia de la misma época, que Machine podría ser Punta Arenas en 1870, donde la Ley tenía menos peso que la Fuerza, donde junto a los cazadores de indios había indios que leían y escribían, ya fuera por el contacto con blancos como por haber también partido a Europa (para ser exhibidos en la Exposiciones Universales, pero igualmente a instruirse, como el yagán Jemmy Button que regresó con Darwin a Inglaterra), donde casi “todo eran cosas de hombres”, por ser la única humanidad que habitaba, y que por ello, en fin, los animales y el mundo natural en general estaban bien cerca, sino dentro, de los tipos duros que habían llegado a ese otro “no man’s land” a probar fortuna.
Pero el detalle que no percibí la primera vez y que ahora me produjo el mayor placer –a parte de ver de nuevo a Johnny Deep– es la tal vez la impronta del cine de Jarmush y de su superficial profundidad, de su metafísica de bolsillo: cuando se acerca el fin, cuando Blake va a reencontrar su muerte mediado por Nadie, ese éxtasis parece requerir una solemnidad hasta ahí sólo hallable en la naturaleza… o en los indios. Así, Jarmush hace que Nadie se encuentre él también con sus hermanos indios, acompañando a un Blake a punto de suspirar. Pero en lugar de mostrarnos sus ritos o de reflejar su incorruptibilidad ante a la maldad del persistente Cole Wilson (que para entonces ya se había deshecho de sus dos compañeros, matando a uno y comiéndose al otro), Dead Man se apaga en una psicodelia total, con un cuartel general como el de los Thundercats (inspirada probablemente en el misticismo alucinatorio del verdadero William Blake) donde los indios deciden si le prestarán o no una canoa al decaído Deep. Para que muera por fin, para que de una vez vuelva a donde nunca debió de haber salido (el cine de Burton), Jarmush, antes que hacerlo subir al cielo o descender al infierno, lo hace pasar al patio de los callaos.


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