El secreto del bosque

Un asilo de ancianos en el Japón contemporáneo, en medio de las montañas, del bosque, alejado del mundanal ruido de la ciudad. Una mujer joven, herida por una culpa insoportable llega a trabajar allí, nublada en el desgano del dolor. Uno de los ancianos, obsesionado con un nombre, le llama la atención. Una relación comienza a tejerse entre ambos. El daño sale a la superficie. También la posibilidad de un cierre en medio de una iniciática excursión.
La cineasta japonesa Naomi Kawase saltó a la fama en los años 90 por una serie de películas, mayoritariamente documentales, cuyo tema giraba en torno a las relaciones de parentesco: búsquedas de padres perdidos, abuelas olvidadas. En El secreto del bosque (2007), ganadora del Gran Premio del Festival en Cannes, Kawase nos cuenta una historia inverosímil y conmovedora que también tiene como telón de fondo una relación compleja y fértil desde el punto de vista dramático: la historia de amor entre un anciano y una joven que cargan con una tristeza difícil de sanar.
Machiko (Machiko Ono) llega a trabajar a un hogar de ancianos poco después de perder a su único hijo en un desconocido incidente del cual sólo sabemos una cosa: que ella pudo salvarlo. Funcionando como autómata entremedio de la cotidianeidad del asilo, asistiendo con la misma indiferencia a las reprimendas de su marido por aquello que pudo haber hecho en aquel momento crucial como a las recomendaciones de su superior en el hogar, la vida de Machiko se verá sorprendida por la presencia de un misterioso anciano (el señor Shigeki, interpretado por Shigeki Uda) que destaca por su extraño comportamiento dentro de la normalidad aletargada de los otros viejos. La fuente de esta conducta errática es una obsesión de larga data, un nombre que reverbera sin parar: Mako. Un día, Machiko y Shigeki dejan las actividades regulares del asilo y se embarcan solos arriba de un jeep para dar un paseo por el bosque, que se transformará en una experiencia iluminadora para las vidas de ambos.
El ambiente de la película, su lenguaje de docuficción muy contemporáneo, la manera en que está filmada, así como las situaciones que el guión describe al interior del asilo, poseen una clara atmósfera espiritual y contemplativa, muy típicamente oriental a la que Kawase parece entregarse sin mayores limitaciones y que, si bien no satura, sí resulta molesta por momentos en su exageración. Para salir de aquellas profundidades algo cursilonas, Kawase opta por un contrapunto muy bien logrado. Así, las calmadas escenas en medio del bosque donde se encuentra la casa de retiro, de las apaciguadas manualidades, cenas, paseos de los ancianos y de sus reflexiones con el maestro espiritual que los acompaña de vez en cuando (uno de los puntos más álgidos de la película es una de las reflexiones sobre el “estar vivo” a cargo del sensei), son inesperadamente cortadas por secuencias de violencia provenientes del dolor de los protagonistas que van pasando paulatinamente desde la contención al desagarro y que encontrarán, a su vez, una inesperada tranquilidad con el desarrollo de una relación amorosa y erótica tan improbable como finalmente creíble.
El cariz documental del film – la presencia de ancianos “de verdad”, de un asilo probablemente real y de un maestro que también lo debe ser, que se entremezclan con la ficción oficial del conflicto central, interpretada por Ono y Uda de manera bastante minimalista, hacen de la película una experiencia a la vez conmovedora y tranquila que sólo se ve empañada por una sutil pero persistente exageración de la profundidad de las cosas, que parece ser, sin embargo, inevitable debido a las premisas que fundan el conflicto central y a la elección de este enfoque espiritual. Pese a estos bemoles El Bosque de Luto es una hermosa película y una interesante reflexión sobre los sinuosos y comúnmente despiadados caminos del amor y de la muerte, en un lenguaje de exquisita calma que seduce en su alternancia de realidad y ficción.


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