Sutil, agresivo y expuesto: Batalla en el cielo

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Un guardia de seguridad (Marcos Hernández) vive en el caos de México D.F. Con su mujer han secuestrado a un niño que acaba de morir. Él se refugia en los calores de Ana, la acomodada hija de su ex-jefe, pero ésta le pide que se entregue a la policía. Todo concluye en una ensangrentada peregrinación a la virgen de Guadalupe. Pero no hay acción ni drama. Cinco frases para intentar atrapar Batalla en el cielo (2005), la esquiva segunda película de Carlos Reygadas.

Marcos es un personaje que no representa nada en concreto. Creo que nos acercamos más al Hombre cuando está simplemente delante de la cámara sin esforzarse en comunicarnos algo”. Así funda Reygadas su estética trasgresora. En ella la cámara busca a los personajes, y no a la inversa. Marcos deambula por la ciudad, cruzándose a ratos con su mujer, con Ana, con los militares y, a veces también, con Reygadas (de frente). Buscando resolver un conflicto interno que no alcanzamos a dilucidar (la muerte del niño, su atracción por Ana, la desazón que produce el D.F), a través de Marcos se suceden secuencias más o menos grotescas, inspiradas como reconoce el director, en la pintura romántica alemana o en los cuadros de Rossellini en Roma ciudad abierta (1945).

Con sólo una película en el cuerpo (Japón, 2002), Reygadas es sorprendentemente efectivo. Si su cine se lo clasifica de lento o abstracto, es más por la reducción de los diálogos a la información esencial, que por los planos fijos a la Tarkowski. Al contrario, asombra la variedad de encuadres y de secuencias con las que compone estos paisajes a la vez sublimes y abyectos. Una escena de sexo o una aglomeración en el metro se pueden construir en contrapicados, con grúas o en primer plano, mientras que los diálogos ocurren a veces fuera de cámara. Más contenido que en Japón, Reygadas apuesta, sin embargo, a todo lo que sabe, o lo que ha visto, de cine. Y en lugar de saturar con la trama o con el carácter de algún personaje, su trasgresión ocurre en esta forma de componer.

De hecho, ésta es mi impresión: si se ha dicho que Reygadas tiene una debilidad por generar repulsión mostrando “cuerpos feos”, contando historias truculentas o siendo cruel con los animales, me parece que su violencia radica más bien en la originalidad de sus composiciones, es decir, en el conjunto de sus planos y su hilvanamiento. Una cierta cadencia, a ratos soporífera, a ratos vertiginosa, orquestan situaciones de otro modo reducidas al porno, al thriller o al gore (y no me refiero al nuevo ecologista gringo). ¿Cómo lo hace? Pues yo creo que ampliando el radio del diafragma y exponiendo el film algunas milésimas de segundo más.

Un gesto mecánico y conceptual a la vez. Reygadas se arriesga a exponer, a hacernos ver, imágenes que quedan a menudo fuera de cámara o del corte final de una película (como un pedazo sobreexpuesto por ejemplo).

Si Japón había que verla con los ojos un poco cerrados debido al exceso de luz –y en el momento de mayor oscuridad vemos al protagonista fornicar con una octogenaria–, en Batalla en el cielo, Reygadas alcanza, en este aspecto, momentos extraordinarios. No sólo el D.F queda crudamente desnudado en postales saturadas (planos abiertos del metro, de los tacos en la carretera o de una enorme peregrinación), sino que, al cruzarse con sus personajes, la cámara los corta, recorta o ensambla de formas inverosímiles, indiferente a los ejes de la acción o la dicción. Los sobreexpone también en un trabajo que no requiere casi actuaciones, o como diría el propio director, “no requiere representación”.

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La estética de Batalla en el cielo satura también sus episodios musicales. Reygadas recuerda así algunos pasajes de La Naranja Mecánica (1971) donde piezas clásicas estetizan la violencia de Alex y sus amigos. Con más pretensión quizás, el director mexicano revuelve al espectador con intensas sinfonías en situaciones banales, vueltas así trascendentes.

En fin, con unas secuencias inicial y final que ciertamente quedarán en algún almanaque, Reygadas abre –y no cierra, como tantos– un trabajo con el que seguro seguirá dando batallas.

Mi único reparo es éste: hay en su cine una aspiración metafísica que es preciso denunciar. Colgado de clichés como “en México, la base del catolicismo es el ritual y no la espiritualidad”, Reygadas celebra la religión ya no como abstracción trascendente, sino como flujo inmanente; cotidianeidad, sencillez, estética: “Muestro la felación como un acto sexual y un acto de fe. Es posible encontrar la fe en el sexo”. En lo rutinario, en lo horripilante o en lo banal podemos hallar instantes sublimes. Esta estética sacra, que permite extasiarse en las curvas hollywoodianamente repulsivas de Marcos y su mujer, debe mirarse con suspicacia en la medida en que desplaza al plano irracional de los sentidos (religiosos) formas de clasificación estéticas racionalmente impuestas y políticamente administradas.

Entonces, por más que Reygadas crea que “la película tiene lugar en un contexto social de gran dureza, pero bajo ningún concepto es política”, su sutil agresividad, la violenta inmanencia religiosa, o su atracción por la devoción barroca, implicarían olvidar, por ejemplo, las nuevas alianzas entre el narco y la Iglesia –que encuentra así nuevas formas de eternizarse–, alianzas que estructuran o permiten procesiones como la que vemos en el film. Flujos bien poco sagrados que alimentan, no obstante, la fé de peregrinos y Reygadas.

P.S: las citas corresponden a una entrevista a Reygadas para ABCguionistas.




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Comentarios

Hay una entrevista re buena que le hicieron a Reygadas sobre su tercera película, “La Luz Silenciosa”, en Mabuse. Parece haber una cierta tendencia en el director a recurrir a parajes, historias y estéticas que evocan lo divino… En esta tercera entrega, Reygadas aborda la historia de un menonita que se enamora de una menonita que no es su menonita esposa. Entonces, ahí queda la cagá porque se mezcla con el amor, que, oh, también es divino…

Vi el trailer y algunos comentarios sobre “Luz silenciosa”, incluido uno del propio director previo a la película diciendo que quería filmar “una historia de amor”. Si de pronto la realidad parece tener intensidades inesperadas, ¿es realismo mágico lo Reygadas? Su respuesta es la siguiente:

“En el realismo mágico, el desfase con la realidad sólo se expresa a través de la materia. Enseñar a una chica con un vestido de siete kilómetros de cola está muy alejado de mi universo. Prefiero el universo kafkiano con su poderosa dimensión metafísica. Intento desvelar la belleza sorprendente en algo real o, mejor dicho, en la materia tal como la conocemos. Intento que se vea belleza en cualquier parte.”

Suena como al “encontrar a Dios en todos las cosas”, de Giordanobruno. Ya no realista, sino místico mágico, Reygadas reune materia y espíritu en una trama metafísica en la que, ahora si, su esteticismo desvirtúa la realidad que supuestamente pretende recuperar en toda su desnudez. Prefiero los punteos de Lucrecia Martel, más obscena (o sea que deja fuera-de-escena felaciones y coitos) pero menos creída o creyente (nada de amor, ni de Dios, sólo punteos aquí y allá).

creo que lo mas destacable de Reygadas es su capacidad de fugarse, de no fijarse ni fijar las cosas. Si Akerman practicaba un realismo extremo con camara fija, Reygadas practica un realismo fluctuante, de permanente busqueda. De ahi que la pelicula sea mas unas manchas expandiendose y dispersandose en el agua (o el cielo), que un encaustrante discurso politico.

¿A qué te refieres con búsqueda? Me suena como a un retiro. Por otro lado, lo “político” (lo de discurso lo agregas tú) puede o no ser enclaustrante, en todo caso es siempre un lugar de conflicto, de antagonismo, quizás de “búsquedas” (aunque, insisto, no entiendo a qué te refieres). Mi punto con Reygadas es la estetización de ciertas “cuestiones sociales”, que montadas como el lo hace son seductoramente místicas. Y? me dirás tú, pues no sé. En mí funcionó, tal vez a posteriori (porque durante la película quedé estuve entero preso), más como perturbación que como encandilamiento.

busqueda no como retiro sino como buscando un niño perdido para siempre, vas hacia un lado, luego hacia otro, luego das vuelta, luego avanzas, etc.

No percibo la mística que Raygadas dice poner en sus películas, quizas porque nunca he (re)conocido lo sagrado que debiera (re)conocer siendo latinoamericano. Pero en la estricta pretensión laica de mi mirada sí veo en sus películas lo que la mística, en estos tiempos de consumo ético espiritual en organizaciones y empresas (siempre problemáticas en su miserable secularidad burócrata), ha devenido como experiencia psíquica: lo Real, justamente lo irrepresentable, lo sin sentido, y también lo descontinuo, lo inconexo. Pura experiencia, lo que “está siendo” experimentado, más allá justamente de la demasiado “hablada” y “progresista” cuestión social de políticos, realistas mágicos y administradores de nuestra querida latinoamerica. Chao Paz, García Márquez o Neruda… Chao sútil palabrería, épica del arrejuntamiento, de la sincretitud, de lo sagrado (ahí el propio Raygadas a vece se confunde, creo) con sus pelos kilométricos y con sus poseidos incontinentes verbales (como sor Juana Inés…)
Así las cosas, creo que las búsquedas de las que habla Roberto comunican de manera muy precisa esa permanente reticencia al relato progresivo/sista, y por eso una mamada puede (a)parecer en escena siendo muy obscena y jugando con las dos etimologías de la palabra obscenidad (la una que releva Joaquín y la otra la que dice, “hacia lo sucio”, contenido nuevamente…) o una formnicación entre con una octogenaria puede aceptarse con toda la Realidad del silencio y la onomatopeya.
El perpetuo aleteo formal de Raygadas – su cambio de técnica fílmica, su alteración fotográfica, su ausencia casi impúdica de diálogos “con significado” – comunican ese Realismo ya sin lo Neo, ya sin lo mágico: su puro desierto, su tábula rasa, su desnudez que experimentamos, día a día, en cualquier parte de nuestro continente.

Raygadas, además, rehuye a las explicaciones ( por qué va el hombre a morir ahí? por qué secuestran Marco y su mujer al niño?) y se rinde a la “muestras”: todo lo expone, y de tantas y tantas maneras que uno termina por entrar en ese juego experiencial de lo Real que está asociado a la variedad de “miraciones”.

concuerdo con matias

Hay un elemento clave en Reygadas y que es el uso de la música: clásica (en la onda mística “culta” (por ejemplo, en “Japón” cuando el protagonista mira el río escuchando una sinfonía en un walkman)) y la popular (en el mood de la fiesta “cúltica” (por ejemplo, en el DF caótico de “Batalla…”)) y eso -aunque puede y es probable que todo esto esté influenciado por lecturas del tipo Morandé, Cousiño, Montecino- inevitablemente me hacen pensar en Reygadas como en una suerte de albañil de un neo misticismo latinoamericano, muy alejado de lo real que tú mencionas. Lo real -al menos para mí-, no sé, lo encuentro en planos tipo imágenes de archivo (el del golpe de Tejero en España que está en Youtube, por ejemplo, por no mencionar las del bombardeo a La Moneda).

mmm, no sé, creo que entramos a un punto muy sensible donde me pierdo un poco, pero que veo muy claro en su ditinción: una cosa es lo sagrado, con toda la centralidad de lo simbólico que le es propia, y otra distinta es lo místico como experiencia, como imposibilidad justamente de “ponerlo en palabras”, privilegiando sensaciones o “muestras”. Raygadas para mí deja lo primero y se aboca a lo segundo, en un contexto, claro donde el barroco develado por Morandé, Cousiño, Valenzuela, Paz, etc. se ha establecido como norma intelectual.
Es por eso que creo incorrecta una lectura de Raygadas como una suerte sofisticación de lo dicho más teóricamente sobre la calidad sincrética o híbrida de Latinoamerica. Es más bien el traspaso de esas tesis, junto con la del barroco, para fijarse en una cuestión más experiencial, de sensaciones, de exposiciones.

Creo que hablamos (de) lo mismo. El valor de lo experiencial, lo Real o lo místico, todo se sintetiza en la relación no mediada, o sea no representable, con los objetos. Fusión –sensitiva– con ellos y no intención –intelectual– de atraparlos. Ahora, eso como que no es ni bueno ni malo… parece. Es, no más.

Casualmente, se me viene una frase a la cabeza, extraida de una canción de un grupo chileno que parece que algo tiene que ver con esto: “What it is, es lo que es”…



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