Días de cine

Los siete d�as

Siempre resultan extrañas esas oleadas de cine de un país en las salas de otro. Como una procesión, cada semana se suman y suman nuevos estrenos provenientes del mismo origen y en un momento uno se da cuenta que nada de esto puede ser casual. Rápidamente comienzan las sospechas y tendemos a creer que tras esa repentina exposición cinematográfica se esconden intenciones políticas de más largo alcance, sobre todo si se trata de cintas originarias de un país importante para la nación anfitriona en términos diplomáticos y geopolíticos. Así ocurrió este año en Francia: desde enero a la fecha se han estrenado alrededor de diez películas israelíes, de diversos directores y diferentes temáticas ¿Cómo enfrentar esta orquestación nacional-cinematográfica en tanto espectador? ¿Qué es lo que se nos está comunicando? Y quién gana, ¿las imágenes y sus sonidos o los tratados?

Al salir de la sesión de la penúltima de aquellas películas que vi, la poderosa Vals con Bachir (2007), mis dudas se acrecentaban en torno a las razones no artísticas que circulaban detrás del telón. Se trataba de un filme brutal, polémico, que tocaba en un formato novedoso y radical – la animación “realista”, un poco al estilo de Frank Miller – una de las páginas más sangrientas de la historia del conflicto Palestino-Israelí: la masacre de Sabra y Chatila, en los campos de refugiados del Líbano en 1982. Con un tema tan evidentemente político, tocado de forma tan directa, y tan (correctamente) difuso a la hora de tomar partido, pese a su categórico llamado a la memoria, esta vez desde el lado de los vencedores, resultaba muy difícil salir del juego de sospechas y maquinaciones geopolíticas: la película era una más de una serie de cintas que funcionaban como una gradiente política sobre la historia de Israel. Una gradiente, claro, que no rebasaba jamás los límites de la corrección política “progre”, cuestión que resultaba aún más patente al observar el hecho de su exhibición en (y desde) Francia, país sensible como ningún otro a la sensibilidad (o sensiblería) de los vencedores culposos o los vencidos “empoderados”. El resultado de esta observación no hacía más que demostrar las intenciones de una nación polémica y violentada cuya agenda nacional requiere de ciertas manifestaciones culturales que sirvan para instalar una imagen externa capaz de ser crítica – al menos en pantalla – consigo misma sin amenazar demasiado su agenda política internacional.

En ese panorama era difícil pensar que uno se encontraría con una película sinceramente ajena siquiera a la pregunta por la presencia o ausencia de esta problemática, pero fue así. Los siete días (2008) se llama el segundo largometraje de los hermanos Ronit y Shlomi Elkabetz . La historia transcurre en 1991, durante la primera guerra del Golfo, cuando los cohetes de Saddam alcanzaban las costas israelíes provocando el terror entre la población. Una extensa familia judía secular, pero tradicional, se reúne en la casa de uno de los hermanos que ha muerto para mantener ahí, por siete días seguidos, un estricto duelo, tal como las Escrituras prescriben en estos casos. Encerrados en un espacio común, obligados a permanecer juntos la mayor parte del tiempo, los integrantes de la familia – la viuda, la madre, seis hermanos, dos hermanas y sus respectivos maridos y esposas – comenzarán muy pronto a sentir las consecuencias humanas de aquel confinamiento entre los rumores de relaciones incomprendidas, reconvenciones sobre el respeto a las formas en que se debe guardar el luto, ronquidos y malos olores por las noches y un conflicto fraterno que comienza a dejar su oculta comodidad para aparecer, lentamente, con su cara menos amable.

Excelentemente actuada, con una fotografía simple y clásica y muy bien lograda en la dirección de muchos actores en escena, la película transcurre con una tensa cadencia, recorriendo cada uno de los días del duelo con un ritmo que alterna la intensidad dramática con el humor más ridículo y cotidiano. Rechazando establecer un protagonista claro, cada uno de los personajes representa algún arquetipo muy bien matizado y humano de su rol dentro de la cartografía familiar. La bellísima hermana (la propia co-directora Ronit Elkabetz) que parece tener la vida resuelta y que desencadena los conflictos, el hermano mayor que pierde sus fueros entre la obscenidad de la convivencia forzada, el hermano hipócrita que sólo piensa en sus intereses y no percibe su decadencia, el hermano extranjero que vuelve a saldar cuentas sin quererlo, el hermano menor que observa con la cómoda inocencia del justo conflictos que no puede resolver y, por supuesto, la hermana intensa, aquella que nadie quiere mirar y que guarda en sí el nudo dramático de toda la historia. Y entremedio de ellos todos los conflictos con los miembros externos de la familia: cuñados que opinan, que dejan de opinar, que son excluidos, incluidos y que terminan siendo el relajo y espejo de esta realidad familiar que pocos quieren mirar de frente.

En este contexto de creciente tensión, la amenaza latente de las bombas, de las armas químicas, de la guerra infinita, se vuelve fríamente cotidiana, confundiéndose con los riesgos propios de una familia que, como muchas en todo el mundo, teje un manto de confortable olvido y silencio sobre los problemas que se fraguan en su interior: deudas y cobranzas de todo tipo cuya expresión se vuelve incontrolable en ese clima de dolor y exposición propiciada por el duelo en esas extraordinarias circunstancias. El comidillo liviano, que relaja la tragedia con un exquisito humor negro, se articula con ésta sin exageraciones y así resultan totalmente creíbles las alternancias entre escenas de celos, amores incomprendidos, flirteos amorosos, y la aburrida y parsimoniosa faena de hacer comer, dormir y obrar a más de veinte personas reunidas en una misma casa.

Por sus evidentes conexiones, Los siete días recuerda mucho a películas como La celebración o a las películas de Scola, pero su mezcla de exhibición, contención y sátira, la sitúa en un perfecto lugar intermedio entre la frialdad atormentada del drama escandinavo y la exageración impúdica de la tragedia italiana. Con el doble mérito de apartar creíblemente del foco de interés el conflicto político, poniéndolo doblemente afuera (de la casa y de la cámara), y de concentrarse en la cotidianidad más frágil de la convivencia familiar, Los siete días se encamina a ser uno de los mejores estrenos del año en el cine mundial y una gran película para el cine israelí, más allá de toda estrategia política y acrobacia cultural.

Los siete días abrió la semana de la crítica en Cannes 2008 y aquí está su trailer (sólo existe con subtítulos en francés…)




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Comentarios

El dispositivo fílmico (la película está hecha en base a un 99,9 % de planos fijos) es la cagá. No es nuevo, no es que los hermanos Cohen, perdón Elkabetz, estén inventando la pólvora. Pero en esta historia en particular calza perfecto… Es una gran coreografía de actores frente a una cámara inmóvil. Fotografías de situaciones que se encadenan unas con otras…

La intensidad sin tregua (tal como el conflicto judío–palestino) creo que es el mérito de la película, pero hay allí también todo un subtexto político que, a diferencia de Matías, veo enteramente adentro (de la casa y de la cámara), en ese aire hediondo de la familia durmiendo junta. Me explico:

1. Demás está decir que volvemos a la historieta familiar, aunque ahora a la de una familia judía (con su especificidad, pero también con todo su parentesco con las familias cristianas). Se trata en realidad, como hace rato hacen ya los europeos, de su desmitificación a partir de situaciones tragi-cómicas que, como desde Bergman hasta La Celebración, o más recientemente, Un cuento de navidad, insisten en lo mucho que hay que olvidar para poder “estar juntos”. Me parece que los directores son aquí más mediterráneos que escandinavos. Basta recordar el primero y sobre todo el último plano (caminando todos juntos, cual ejército, para enterrar por fin al muerto), para advertir un primer guiño nacionalista.

2. El tono tragi-cómico del relato, en el contexto supuestamente formal de un rito mortuorio, tiene a ratos algo de blanqueo religioso, como una especie de “backstage” buena onda de la Biblia o el “así se hizo…” del Antiguo Testamento. Me imaginaba las tallas entre Moisés –el actor– con los extras –el pueblo de Israel– mientras en reunión de pauta los guionistas definían hacia dónde quedaría la Tierra Prometida. O los chistes de Jacob y Essaú antes de “grabar la escena” donde alteran la regla de herencia haciendo gil al viejo Isaac, su padre ciego. Hay, me parece entonces, un intento de mostrar que esto de la religión no es “tan serio”, que está llena de chascarros y yayitas pero que, pese a todo, “seguimos siendo una gran familia”. Dos momentos de reunificación: a) frente a la amenaza de Sadam (o sea frente al enemigo, nuestras diferencias se diluyen) y b) el violento llamado al orden final de la madre (un “paremos la tontera” y concentrémonos en el duelo).

No queda claro si la historia intenta desarmar este monumento familiar (que en el caso judío es bien sólido) o asumirlo en toda su miseria… Me inclino más bien por lo segundo y en tal caso, este nacionalismo débil, esta religión con alegrías y verguenzas, “como todas las cosas” dirían los Elkabetz, es una narración harto más política y harto más sospechosa de lo que puede creerse. De hecho, esta “bajada de perfil” puede leerse a su vez, en toda su intensidad, como el backstage de la guerra.

Concuerdo y discrepo. No creo que los dramas familiares tratados con humor sean exclusividad de Europa, América o Asia. No está ahí el punto: se trata de las reacciones e intensidades de los ocultamientos lo que hace de ciertas películas diferentes a otras. El nudo dramático de La Celebración, o de las películas de Bergman es de una intensidad psíquica que remite a la oscuridad interior (no puedo poner cursivas acá, pero imaginémoslas en “interior”), que se desborda en momentos clave para cambiarlo todo. En las películas de Escola la contención es al revés: todo se grita todo el rato, (exterioridad total) como en una parodia trágica, pero los momentos más dramáticos son los silencios, las refelxiones donde los personajes se redimen o intentan hacerlo. Los siete días mezcla muy bien esos dos registros alternando intensidad y arrejuntamiento, optando por un momento de conflicto cuya excusa argumental es muy fríamente cotidiana (el dinero, como analogía de todas las deudas).
Concuerdo sí en que para esa gran familia la guerra sí existe, evidentemente. Lo que quice decir en mi post es que no son muchas las alternativas de un cine israelí: o bien se la toca directamente o se la evita, también directamente pues de otro modo no creemos en el ejercicio. Estas dos opciones llevan a cuestionamientos disferentes: tocar el tema sin tapujos, como Vals con Bachir, pide del espectador una lectura política histórica, una mirada crítica al mito de Israel y a sus múltiples intentos por olvidar, recordar, memorizar o simplemente naturalizar sus 60 años de vida; distinto es un film que evade la mirada directa a la política, a la guerra: ahí desplazamos la pregunta hacia la ética, más que a la política y nos preguntamos hasta que punto es mantenible esa pequeña y miserable tragedia frente los mitos que se están tejiendo entre las balas y los discursos. Por eso la escena donde todos “parecen” reunirse ante la amenaza de Saddam es tan poderosos para mí: porque la película no acaba ahí, porque el drama continúa con su fría cadencia más allá de cualquier intento forzado por acercarlo a ese mito. La Nación, sobre todo una tan confesional como la judía, tiene así su límite en la insoslayable cotidianeidad del drama familiar y de su desinteresado y mecánico respeto por la tradición…

Pero es que obvio que existe un rollo geopolítico. ¿A las finales qué película no tiene un rollo político? En el momento mismo en que “Los Siete Dias” se constituye en película (narración, historia, montage, conjunto de personajes, contexto histórico, etc.) es necesariamente -valga la redundancia- política. Aún más cuando toca el tema, aunque sea tangencialmente, del conflicto entre Israel e Iraq… Y precisamente, al hacerlo desde el punto de vista de una familia judía que es bombardeada “a ratos” (y con la cual empatizamos en el miedo y la inocencia del civil común y silvestre) los Elkabetz se ponen del lado de los “buenos”, de occidente, de la corte internacional de los derechos humanos, en contra de Sadam… (Lo mismo que hace “Vals con Bachir”, en forma mucho más explícita y “cómoda” como diría un buen amigo, al abordar el conflicto entre Israel y Palestina.)… Pero, viniéndome un poco más acá del arte cinematográfico, creo que la gracia o una de las mayores virtudes de esta película va por otro lado. Va por el lado de la técnica, del dispositivo fílmico que utiliza (omnipotencia del plano fijo), del hecho de haber sido rodada en casi una sola locación (como “En La Cama” de Matías Bize, cuya ausencia de contenido también expresa una política o lo que es peor una ideología (dicha película merecería, de hecho, un post entero)) y una dirección de actores tan poderosa como el sonido de las bombas que caen… Enfin… Habrá que ver qué dice el resto del mundo. Lo digo porque, aparte de Cannes, no sé si habrá ido a otros festivales. Aunque si “En La Cama” ganó el premio al mejor guión en La Habana, o el mundo está patas parriba o yo dejé de entender…

No sé bien lo que quise decir en el primer comentario. Quizás lo del backstage de la Biblia no más. En todo caso Matías, la interioridad (con cursivas o no) nórdica frente a la extroversión mediterránea quizá no sea si quiera una buena oposición porque todas las lecturas y películas familiares a las que nos referimos parten de este supuesto de que en toda familia, así como en toda nación, subyacen cochinadas (Donoso sería para Chile el referente). A eso habría que retrucar, con Los Idiotas (Von Trier) por ejemplo, que sólo hay simulacros familiares, que no hay traumas latentes sino violencias que se desatan por contingencias precisas (como el dinero o un ataque de Hamas), o sea que no hay genealogía de la yayita sino una gramática (digo por las Escrituras) del castigo, la culpa, el arrepentimiento y, al final, de la misa o reunión, donde la nación, la familia y la guerra persisten como valores.

Y de esto: sabemos que política hay hasta en cruzar la calle, pero me refería a algo más preciso en el caso judío: la ligazón especial que allí se produce entre religión-nación-guerra, en un Estado confesional en conflicto permanente desde su orígen. En Israel no hay “campo de batalla”, la guerra (así como el fundamentalismo religioso) no tiene un afuera que sería la sociedad (el cohete, el hombre-bomba o el cura pueden aparecer en cualquier lugar). Sociedad militarizada de extremo a extremo, me parece que la película es esta batalla total, guioneada en las Escrituras, que recrea en el plano fijo, en el encierro y en la magistral dirección de los actores-soldados (que subraya Pablo) el fino engranaje bélico que garantiza (iba a decir “organiza”) Israel hoy día.



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